Nos encanta decir que somos diferentes.

“¿Por qué siempre demostramos que tenemos el poder cuando compramos a los necesitados? ¿Y por qué somos tan generosos con aquellos que ni siquiera necesitan nuestra generosidad?”

Eréndira Su

En noviembre del año pasado la usuaria de Facebook Eréndira Su compartió una publicación en donde hacia las preguntas que estan en el encabezado (la liga la dejo al final), cuando terminé de leerla me pareció que era importante abordar un tema tan común pero ignorado me refiero al individualismo moderno, nadie quiere ser parte de una mayoría, nos encanta decir que somos diferentes nos pone en una escala moral e intelectual privilegiada, nos encanta sentirnos dignos, no nos gusta que otros puedan acceder a lo mísmo o que tengan importancia similar a nosotros, generamos orgullo con base a nada y a todo, alabamos a lo nuevo, a lo joven,  al estatus, a esa delicadeza de separar a los inferiores de los superiores, por otro lado nuestras aspiraciones se centran en cambiarnos a nosotros mismos, “las ondas positivas”, “el positivismo”, “la felicidad”, “la fuerza de atracción”, “los decretos” y miles de ideas que prometen mucha “felicidad” y “éxito” y quizas con ello cambie el mundo para con nosotros, no digo que sea malo pero es parte de la conciencia social que impera actualmente.

Hacemos lo mismo en las redes sociales compartimos un mundo de fantasia, los gordos son flacos, los feos son guapos, los ricos se sienten dioses, los pobres sueñan con ser ricos o sueñan gastando como ricos o en el peor de los casos como hacerse ricos mediante el crimen organizado, todo al servicio del individualismo que nos hace egolatras. El ego posmoderno descansa en la arrogancia de sentirse superiores en conciencia con alguna mayoría, alguien es mejor no en razón de su envergadura o fuerza, si no por que viste mejor, porque sabe comportarse mejor, tiene el mejor cuerpo, el mejor cabello, o porque es más rico o respetable y por extensión que está más alejado de la mortalidad que los individuos que le rodean. Amamos a los héroes y por eso queremos ser mejor en algo aunque solo se trate de ser los primeros en publicar algún pensamiento o noticia que casi sin reflexión consideramos relevante (chusca, una crítica política, machista, feminista, homofóbica, algún tema de moda, etc.)

Bajo el patrocinio del progreso tecnológico la era digital nos orilla a tener un ego casi endiosado para después apropiamos de necesidades e insatisfacciones tanto que le temenos al fracaso y lo tratatamos como un tabú, entendemos al éxito como el máximo nivel de plenitud, basta con examinar nuestros valores culturales para comprobar que son inalcanzables, primero el optimismo ha dejado en claro que es incapaz de afrontar la realidad por tanto antes de ser personas optimistas, estamos siempre en incertidumbre, segundo, al individuo promedio se le valora básicamente por cuanto posee, “si es millonario” y “poderoso” y tercero, a las mujeres se les considera si son “muy hermosas”, pero con otro obstáculo cultural, deben ser extremadamente “delgadas y siempre jóvenes”, algo biológicamente imposible. Esto deja ver una incómoda verdad, a la tan socorrida discriminación que hace al individuo menos individuo, todos los movimientos sociales, las modas, las redes sociales, la televisión, etc. reposan en la exclusión de personas o de ideas, esa discriminación de sabermos superiores cuando vemos a alguien que dentro de nuestros estandares de éxito es inferior y sin embargo agachar la cabeza frente a alguien que creemos más encumbrado.

La publicación de Facebook que comento hace referencia a estas dos preguntas “¿Por qué siempre demostramos que tenemos el poder cuando compramos a los necesitados? ¿Y por qué somos tan generosos con aquellos que ni siquiera necesitan nuestra generosidad?” la respuesta tiene muchos matices e implicaciones, pero tú ¿Qué perspectiva tienes?.

Una mujer le preguntó: ¿A cuánto estás vendiendo los huevos?

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